Mi primera impresión sobre “Laudato SÍ”

El Papa Francisco denuncia con contundencia la deriva ecológica que sufre nuestro planeta a causa de la humanidad.

La dureza de los términos que emplea, impresionan. Puedo calificar el mensaje de revolucionario, creo que en algunos aspectos los antisistema lo asumirían de buen grado.

Habla de la grave deuda social que el mundo tiene contraída con los pobres. También de la deuda ecológica de los países del Norte respecto de los del Sur.

El alimento que se desecha, dice: es como si se robase de la mesa de los pobres. El sistema de relaciones comerciales y de propiedad es estructuralmente perverso. Algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidad real de superación, mientras otros ni siquiera saben que hacer con lo que poseen.

Advierte que ante el agotamiento de algunos recursos naturales, se están creando escenarios favorables para nuevas guerras.

Hemos perdido la armonía con la naturaleza. El actual sistema mundial es insostenible. Hemos superado el punto de no retorno. Hay regiones que ya están especialmente en riesgo, y más allá de cualquier predicción catastrófica.

Recoge las tremendas palabras de los obispos de Nueva Zelanda que se preguntan:

¿Qué significa no matarás cuando un 20% de la población mundial consume recursos en tal medida que roba a las naciones pobres y a las generaciones futuras lo que necesitan para sobrevivir?

Es imposible no sentirse aludido.

Continúa diciendo que el estilo de vida actual sólo puede terminar en catástrofe.

El mercado crea mecanismos consumistas compulsivos para colocar sus productos y sumerge a las personas en una vorágine de compras y gastos innecesarios.

También dice que no debe buscarse que el progreso tecnológico remplace cada vez más al trabajo humano.

El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta.

Ha llegado la hora de aceptar el decrecimiento en algunas partes del mundo.

El consumismo excesivo es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico que hace creer a todos que son libres cuando en realidad los únicos que son libres son una minoría que detenta el poder económico y financiero.

La encíclica, cual sinfonía, tiene varios “leit motiv” que se repiten a lo largo de los 246 apartados que componen el documento.

La íntima relación de la fragilidad del planeta con los pobres, que en el mundo todo está conectado, el desacople entre la tecnología y la ética, el valor propio de cada criatura, la invitación a otros modos de entender la economía y el progreso, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates honestos y sinceros, la grave responsabilidad de la política, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.

El Papa se apoya en la Doctrina Social de la Iglesia, pero da un paso más. Denuncia y acusa:

la crisis ambiental es negada por muchos cristianos o asumida con indiferencia.

El Papa enarbola la falsedad del mito del progreso que consiste en pensar que las nuevas tecnologías nos resolverán todos los problemas e invita a un cambio de actitud, de estilo de vida.

Pero reconoce que nos falta la cultura necesaria para enfrentarnos a la crisis.

Todo cambio necesita motivación y un camino educativo. Una buena educación no sólo se limita a informar, es preciso desarrollar buenos hábitos. La transformación personal sólo puede realizarse a partir del cultivo sólido de las virtudes.

El Papa reconoce con humildad que algunas veces los cristianos hemos interpretado erróneamente las escrituras, que el libro del Génesis está escrito en lenguaje simbólico y narrativo, que es preciso conocer la teología de la creación y disponer de una hermenéutica adecuada y que una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar la guerra, la injusticia y la violencia.

Quizás por esos fallos, en el campo de la política y del pensamiento algunos relegan a las religiones al ámbito de lo irracional, o de una subcultura que debe ser tolerada.

Sin embargo, las soluciones a tan graves y complejos problemas no pueden llegar desde un único modo de interpretar y transformar la realidad.

La esperanza nos invita a reconocer que siempre hay una salida. La Biblia enseña que cada ser humano es creado por amor, hecho a imagen y semejanza de Dios. ¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierda en un desesperante caos! Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno necesario. La vida humana puede convertirse en un despliegue de la creación, o en un camino de decadencia y destrucción. Dios quiere que cooperemos con Él. Está presente en lo más íntimo de cada cosa sin condicionar la autonomía de su criatura.

El poderío tecnológico nos sitúa en una encrucijada.

El ser humano no está preparado para utilizar el poder con acierto. Le falta una ética sólida. No es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. Un antropocentrismo desviado da lugar a un estilo de vida desviado.

La forma correcta de interpretar la propiedad es actuar como un administrador responsable.

El tiempo es superior al espacio, es decir, prioridad de la sostenibilidad sobre el crecimiento. La realidad es superior a la idea, es preciso actuar, no bastan las buenas intenciones.

También el Papa llama a la responsabilidad de los consumidores.

Comprar siempre es un acto moral y no sólo económico.

La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida y alienta un estilo de vida profético y contemplativo.

Menos es más. Crecer con sobriedad y gozar con poco. Un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos en valorar lo pequeño. No apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos de lo que no tenemos. La sobriedad y la humildad no han gozado de una valoración positiva en el último siglo. No basta hablar de los ecosistemas, hay que atreverse a hablar de integridad de la vida humana. Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación.

El amor social es la clave del auténtico desarrollo. El universo se desarrolla en Dios que lo llena todo. Hay una mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre. La contemplación ayuda a encontrar a Dios en las criaturas exteriores.

El hombre crece más, madura más, se santifica más, cuando sale de sí mismo para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas.

Rufino Orejas Rodríguez-Arango

Miembro del Consejo de Dirección de ASE.

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Premios empresariales, para quién y por qué

Hago esta reflexión antes de acudir como jurado a los Premios Emprendedor XXI- Asturias, patrocinados por Caixabank que se celebrarán el próximo día 6 de Junio.

A la gente en general y por motivos que ahora no vienen al caso, pero resultaría un interesante tema de debate, nos encanta posicionarnos, tomar partido, de alguna manera ponernos una etiqueta, y así por ejemplo nos declaramos de derechas o de izquierdas, monárquicos o republicanos, creyentes o ateos, del Madrid o del Barça, taurinos o anti taurinos. Siguiendo esta lógica quizá poco lógica, yo tendría que declararme anti premios.

No me gustan los premios y por lo tanto, mi presencia en los premios resultará una pura contradicción. Lo reconozco. Iré por deferencia al patrocinador, Caixabank, que ha insistido en invitarme.  Ya lo había hecho sin éxito el año pasado. E iré también, por respeto y consideración a todo lo que los premios suponen. Porque que el hecho de que a mí no me gusten los premios en general, no significa que esta experiencia no pudiera resultar valiosa.

¿Y por qué no me gustan los premios? Hay varias razones, unas conceptuales y otras experimentales. Conceptualmente los premios estimulan dos de los vicios más perniciosos que puede padecer el ser humano, la soberbia y la envidia. La soberbia de quien recibe el premio y termina creyendo que se lo merece y la envidia de quien no lo recibe y considera que se ha cometido una injusticia. Desde el punto de vista experimental creo que hay un exceso de premios y todo lo que es excesivo es negativo; que  hay muchos premios trampa, verdaderos montajes, en el que los premiados son manipulados, conscientes o no,  en beneficio de los organizadores  (no es éste el caso), y para rematar mi explicación, considero que la mayor parte de los premios están mal otorgados.

 

Hay un exceso de premios y todo lo que es excesivo es negativo

Consideremos ahora estos premios al emprendimiento empresarial. Es claro que nos gustaría reconocer los méritos de alguien que haya hecho las cosas bien. Por hacer las cosas bien me refiero a ser consecuente con su vocación, echarle imaginación, innovación, entusiasmo, audacia, ser capaz de liderar un equipo, convencer a inversores o entidades de crédito para que apuesten por su proyecto. Hacer las cosas bien es practicar valores, como el de la lealtad, la humildad, el esfuerzo, la constancia, la honradez sin concesiones. Pues bien, haciendo las cosas de esta manera se puede tener éxito, pero también se puede fracasar. No hay garantías absolutas. De hecho, una de las características de la vida empresarial es la de asumir riesgos.

También se pueden hacer las cosas mal; por ejemplo, empezando un negocio sin estar suficientemente preparado, sin una base de trabajo sólida, basado en meras conjeturas, sin esfuerzo, quizá engañando o aprovechándose del esfuerzo de los demás, tomando atajos. Y lo malo del asunto es que haciendo las cosas mal, también se puede tener éxito (económico). Es cierto, que la mayor de las veces se fracasa, ¿pero cuántos se hicieron ricos a base de información privilegiada, tráfico de influencias, negocios turbios donde se falta a la dignidad de las personas o simplemente ofreciendo productos o servicios nocivos para el bien común? Quizás desgraciadamente haya muchos más casos de éxito haciendo el mal de lo que a todos nos gustaría.

Dejando claro que no pretendemos premiar a esta gente “malvada”, aunque tengan éxito, formulo mi pregunta: entre los que hacen  las cosas bien, ¿a quién deberíamos preferir? ¿a los que han tenido éxito o a los que no lo han tenido? Y yo, contracorriente, me inclino por los segundos. Pienso que los que alcanzan el éxito, ya tienen suficiente premio con el éxito alcanzado, la sociedad ya se lo ha concedido. Y sin embargo, ¿quién se acuerda de aquellos que han puesto toda la carne en el asador y no han tenido la fortuna de triunfar?, ¿no sería más humano estimular a éstos “perdedores” aunque fuese con un mero reconocimiento social? Proceder así es difícil porque no hay cosa que estimule más el éxito que el éxito mismo. Todos queremos rodearnos de ganadores. Es como si de alguna manera el éxito resultara contagioso. Nos gusta hacernos la foto con un triunfador.

Y a mí, no me gusta salir en la foto. Quizá por eso no me gusten los premios.

* Rufino Orejas  es Consejero de Acción Social Empresarial- ASE y Presidente de ASE Asturias.

 

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