Premios empresariales, para quién y por qué

Hago esta reflexión antes de acudir como jurado a los Premios Emprendedor XXI- Asturias, patrocinados por Caixabank que se celebrarán el próximo día 6 de Junio.

A la gente en general y por motivos que ahora no vienen al caso, pero resultaría un interesante tema de debate, nos encanta posicionarnos, tomar partido, de alguna manera ponernos una etiqueta, y así por ejemplo nos declaramos de derechas o de izquierdas, monárquicos o republicanos, creyentes o ateos, del Madrid o del Barça, taurinos o anti taurinos. Siguiendo esta lógica quizá poco lógica, yo tendría que declararme anti premios.

No me gustan los premios y por lo tanto, mi presencia en los premios resultará una pura contradicción. Lo reconozco. Iré por deferencia al patrocinador, Caixabank, que ha insistido en invitarme.  Ya lo había hecho sin éxito el año pasado. E iré también, por respeto y consideración a todo lo que los premios suponen. Porque que el hecho de que a mí no me gusten los premios en general, no significa que esta experiencia no pudiera resultar valiosa.

¿Y por qué no me gustan los premios? Hay varias razones, unas conceptuales y otras experimentales. Conceptualmente los premios estimulan dos de los vicios más perniciosos que puede padecer el ser humano, la soberbia y la envidia. La soberbia de quien recibe el premio y termina creyendo que se lo merece y la envidia de quien no lo recibe y considera que se ha cometido una injusticia. Desde el punto de vista experimental creo que hay un exceso de premios y todo lo que es excesivo es negativo; que  hay muchos premios trampa, verdaderos montajes, en el que los premiados son manipulados, conscientes o no,  en beneficio de los organizadores  (no es éste el caso), y para rematar mi explicación, considero que la mayor parte de los premios están mal otorgados.

 

Hay un exceso de premios y todo lo que es excesivo es negativo

Consideremos ahora estos premios al emprendimiento empresarial. Es claro que nos gustaría reconocer los méritos de alguien que haya hecho las cosas bien. Por hacer las cosas bien me refiero a ser consecuente con su vocación, echarle imaginación, innovación, entusiasmo, audacia, ser capaz de liderar un equipo, convencer a inversores o entidades de crédito para que apuesten por su proyecto. Hacer las cosas bien es practicar valores, como el de la lealtad, la humildad, el esfuerzo, la constancia, la honradez sin concesiones. Pues bien, haciendo las cosas de esta manera se puede tener éxito, pero también se puede fracasar. No hay garantías absolutas. De hecho, una de las características de la vida empresarial es la de asumir riesgos.

También se pueden hacer las cosas mal; por ejemplo, empezando un negocio sin estar suficientemente preparado, sin una base de trabajo sólida, basado en meras conjeturas, sin esfuerzo, quizá engañando o aprovechándose del esfuerzo de los demás, tomando atajos. Y lo malo del asunto es que haciendo las cosas mal, también se puede tener éxito (económico). Es cierto, que la mayor de las veces se fracasa, ¿pero cuántos se hicieron ricos a base de información privilegiada, tráfico de influencias, negocios turbios donde se falta a la dignidad de las personas o simplemente ofreciendo productos o servicios nocivos para el bien común? Quizás desgraciadamente haya muchos más casos de éxito haciendo el mal de lo que a todos nos gustaría.

Dejando claro que no pretendemos premiar a esta gente “malvada”, aunque tengan éxito, formulo mi pregunta: entre los que hacen  las cosas bien, ¿a quién deberíamos preferir? ¿a los que han tenido éxito o a los que no lo han tenido? Y yo, contracorriente, me inclino por los segundos. Pienso que los que alcanzan el éxito, ya tienen suficiente premio con el éxito alcanzado, la sociedad ya se lo ha concedido. Y sin embargo, ¿quién se acuerda de aquellos que han puesto toda la carne en el asador y no han tenido la fortuna de triunfar?, ¿no sería más humano estimular a éstos “perdedores” aunque fuese con un mero reconocimiento social? Proceder así es difícil porque no hay cosa que estimule más el éxito que el éxito mismo. Todos queremos rodearnos de ganadores. Es como si de alguna manera el éxito resultara contagioso. Nos gusta hacernos la foto con un triunfador.

Y a mí, no me gusta salir en la foto. Quizá por eso no me gusten los premios.

* Rufino Orejas  es Consejero de Acción Social Empresarial- ASE y Presidente de ASE Asturias.

 

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